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lunes, 17 de agosto de 2009

Hendrix en Essaouira











octubre 2007. Buscando la complicidad del oceano que me vio crecer, llegué a Essaouira, un poco hastiado del continuo baño de multitudes de Marrakech. Fue agradable oír gaviotas, quién lo diría, y oler las sardinas recién izadas de los destartalados pesqueros. No lo fue menos pasear por su medina, compartir unas cervezas clandestinas junto a la muralla y jugar al fútbol con un niño en una callejón. Siguiendo los pasos de Hendrix, pedaleé por la costa hacia el cercano pueblo de Diabet y me crucé con un anciano de chilaba que seguramente contaba a su nieta como un día, hace mucho tiempo, se cruzó con un negro cherokee que deambulaba borracho por aquellas dunas móviles. Quise ponerle banda sonora al momento y sonaron en mi cabeza los acordes de "Castle in the Sun". ¿Y el gato? Prometo que así lo vi.

Djema el-Fnaa: Vida después de la vida







octubre 2007. Llegué a la plaza al atardecer, cuando el humo y los olores empezaban a distorsionar los sentidos y las formas en el centro neurálgico de la medina. Escuche sin entender las historias de los cuentacuentos, y quise intuir que se trataba de anécdotas alegres salpicadas de momentos de terror para mantener expectante a la audiencia, dispuesta en círculos casi perfectos en torno al juglar. Observé a los encantadores de serpientes, que compartían arrutinados un canuto al atardecer, esperando que los dihrams cayeran del cielo para dar sentido a tantas horas bajo sol. Vi mujeres y hombres atravesando la plaza, en bici, en moto, en carro, todos ellos de paso, ajenos a todo lo que me sorprendía. Como buen voyeur, me encaramé a la terraza de un bonito café para no perder detalle de todo lo que sucedía a mi alrededor y observé que en este país encontrarte a un amigo en la calle es motivo suficiente para darle dos besos y compartir sin prejuicios un paseo de la mano. Finalmente, traté de entender cómo veían el mundo aquellas mujeres cubiertas por el manto de la tradición de la que escapan sus hijas y supuse que sería algo así como contemplar lo cotidiano en cinemascope.

Marrakech: Gracias a Dios


octubre 2007. "Cuando el viajero llega a Marruecos percibe que entra en otrro mundo, que se encuentra con costumbres de otros tiempos. El marroquí es un hombre sencillo, amable, efusivo y acogedor que fácilmente puede convertirse en nuestro amigo. Ahora bien, para mantenerse en buena relación con ellos, para estar a la altura de las circunstancias, basta con aprender la quaïda: es la costumbre, la tradición, es el estilo, el saber vivir maroquí. Como en todos los países musulmanes, la qüaïda exige que se invoque a menudo el nombre de Dios. Nunca se inicia nada importante, una comida o una conversación o un viaje... sin decir ¡Bismillah!, ¡alabado sea Dios! Cada buena noticia se saluda con ¡Alhamdullah! ¡Gracias a Dios! También así habría yo de concluir la cena". Fragmento de Marrakech, una huida de Juan Carlos García fajardo. ed. Anhthropos. En la imagen, decenas de puestos de comida pueblan la plaza de Djema El Fna en Marrakech